La tormenta ennegrecía el paisaje. Desde mi ventana veía caer la fuerte lluvia que al acabar su trayecto se confundía con el agitado mar. Truculentas olas chocaban y chocaban contra el acantilando como si de una competición se tratara cada una más fuerte que la anterior y sobre ellas el viejo faro gris permanecía a la espera de volver a ser puesto en marcha por su antiguo operario. Al fondo podía observar los barcos enormes luchando contra viento y marea por llegar al nuevo puerto. Era mi momento favorito del día, sentarme allí, en el polvoriento y solitario desván, a admirar aquella maravilla. Todo el conjunto creaban en mí un sentimiento de paz y tranquilidad, paradójicamente aquel terrorífico escenario calmaba mis nervios y disipaban los temores más arraigados de mi ser y mantenían mi mente en blanco. Disfrutaba concentrándome en averiguar cada detalle que la naturaleza me mostraba desde aquel lugar privilegiado desde el que me encontraba. Dirigí la mirada hacia la pequeña cala y me pareció ver una sombra, un bulto peleaba por salir a tierra firme, me asusté, corrí escaleras abajo a buscar mis prismáticos, cuando regresé a la ventana volví a recorrer metro a metro la playa pero no descubría rastro del hallazgo. Preocupado me puse el chubasquero y las botas y linterna en mano emprendí camino montaña abajo. Me acompañaba Golfo, mi perro, que insistió en venir conmigo. Apresurados llegamos a la orilla, comencé a preguntar si había alguien acompañándonos pero no obtuvimos respuesta. Cautelosos llegamos al final del entrante de arena y me pareció vislumbrar de nuevo aquella masa, parecía una caja. Nos acercamos y la agarré. En su interior encontré un libro. En un primer momento, me invadió la desolación, imaginé que habría el mapa de un tesoro, o restos humanos, o lingotes de oro, pero en cambio solo era un libro. Era grueso, con tapas duras marrones, con los ribetes dorados y cerrado por un candado oxidado. Lo llevé conmigo a casa. Golfo no paraba de ladrar, saltar y olisquearlo. Me inquietaba mucho lo que pudieran contener escritas sus hojas, pero no había forma humana de abrirlo. En el dorso había una inscripción casi borrada e ilegible por el paso de los años. Agarré un papel y con un lápiz marqué por encima el relieve de la tapa y obtuve las palabras, “El secreto de la vida”. Empezaron a temblarme las manos, no supe como reaccionar, deseaba leerlo. Cogí un hacha y tras varios golpes el candado saltó. Por dentro las hojas también eran doradas, ojeando por encima vi que en ellas no había nada escrito, excepto en la primera de ellas. El libro comenzaba así: “Cuenta la leyenda que quién encuentra este libro hallará la forma de ver las cosas de manera distinta. El misterio de la vida reside en llegar al final del camino, mirar hacia atrás y ver lo que hemos conseguido, eso nos mostrará el significado que habrá tenido cada momento y sentiremos que todo habrá valido la pena aunque nuestra existencia sea finita”.
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