sábado, 27 de agosto de 2011

IRRESISTIBLES A LA TENTACIÓN


Lo que tuviera que pasar, acabaría ocurriendo de una manera u otra, era algo inevitable. Empiezas de broma, planeas cómo sucederá todo, el día, la hora, el momento, pero no el final, porque ya se sabe lo que bien empieza, mal acaba.
Cuando tienes diecisiete años lo único que te ocupa la mente es el paso de la adolescencia a la madurez. Unos pensamos que lo lograremos pronto, otros en cambio piensan que ya son maduros, pero la triste realidad es que la preocupación constante de “parecer” mayor te evoca a realizar ciertos actos bastante impropios, que la mente de un joven no está preparado para asimilar.
Desde pequeños, nuestros padres se encargan de encauzar nuestras relaciones sociales por el mejor camino posible, pero es justamente a estas edades cuando uno empieza a descubrir todo lo que puebla el mundo, desde las personas más frágiles, emocionalmente, hasta las más “duras”. Y con más duras hago referencia a ese círculo de la sociedad que, no por méritos propios, son adulados por muchos, son “ejemplos a seguir”, y que en el mejor de los casos, esta gente, lo máximo que conseguirá en su vida es tener que compartir jeringuilla bajo un puente con cuatro o cinco especímenes más de su misma calaña.
Pero así está la sociedad juvenil, rodeada de unos valores modelados por humanos incapaces de discernir ni cinco minutos acerca de temas actuales o de gran implicación social.
Es imprescindible recalcar, que esto es una generalización un poco injusta, pero como todas, hablar en plural provoca siempre interminables polémicas. Solamente dispongo de mi corta experiencia, y basándome en ella, voy creándome la configuración jerárquica de una sociedad que hace aguas por muchos lados.
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            Ya por diciembre íbamos pensando dónde íbamos a pasar el fin de año. Entre todos fueron surgiendo infinidad de posibilidades, pero finalmente la más posible, fue alquilar un apartamento en una ciudad costera cercana a la capital. Como era tradición, había que ingeniárselas para organizar la cena, la decoración, en fin todos los preparativos que conllevaba la estancia allí, y en síntesis, lo más urgente, para nosotros, los estupefacientes. Hasta cierto punto todo era posible, aún siendo menores disponíamos de libertad suficiente para realizar nuestros chanchullos.
Llegado el 31 lo único de lo que disponíamos eran de elementos de primera necesidad, las maletas por hacer, el trayecto por recorrer, y al parecer a mis compañeros solo les interesaba conseguir otras “cosas” de las cuales yo no tenía conocimiento. Todo parecía tomar un giro de pensamiento en las mentes de mis amigos.
Entre prisas y llamadas, se nos echó el tiempo encima y también la hora de salir.
Una vez allí, nos instalamos, repartimos las habitaciones, abrimos las maletas, colocamos la consola, enchufamos la música, encendimos la chimenea y empezaron las discrepancias.
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Posiblemente la peor causa del comienzo de los vicios en tempranas edades, sea el entorno. Lo que tú ves, oyes, acabas incorporándolo a tus patrones de conducta. Empiezas a pensar que si los demás lo hacen, que si a ellos no les ha conllevado ningún riesgo grave y popularmente son aceptados e imitados, tú también deberías ser así. Por dentro se te van rompiendo los esquemas por muy bien trazados que los tengas y por muy claro que tengas que no vas a caer en tópicos y no acabar haciendo lo que la mayoría a tu alrededor ha incorporado como rutina.
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La crispación caldeaba aún más el ambiente, nos hallábamos en un frío silencio, hasta que acabaron confesando que el motivo real de aquella tensión era la falta de costo. Una parte de mí se lamentó por aquel fallo, y otra parte quiso salir corriendo y gritar alto y claro en lo que me estaba convirtiendo.
Pero bueno no teníamos que perder los estribos, aún quedaba el alcohol, principal componente en las fiestas adolescentes. Tequila, Cazalla, Ron, Vodka y sus respectivas mezclas iban a ser nuestro distorsionante de la realidad.
A escasas horas del adiós del 2009 nos apresuramos a cocinar toda la cena, a servirla y a devorarla. Entre risas despedimos el año, sonaron las campanadas, engullimos las uvas, brindis de champagne y empezó la fiesta. Los cubatas pasaban de mano en mano, podías estar bebiendo un líquido azul y al momento uno rojo. No cabía duda que iba a ser una noche memorable.
Lo curioso eran las repentinas entradas y salidas multitudinarias del cuarto de aseo, parecía como si la fiesta se hubiese trasladado allí y algunos de nosotros no estuviéramos invitados. Motivado por el alboroto me dirigí a presenciar lo que sería el detonante final. La vida de las personas corría horizontalmente, con un color blanquecino se tintaban el bigote, aspiraciones rápidas vendidas a cinco euros, DNI en mano cortaban, separaban y perdían la dignidad por media noche de placer. El poder que sentían, lo que les inspiraba a hacer tales actos, el desprecio que mostraban ante la vida y la muerte… Todo por la pretensión de ser quien nos dicta la sociedad que debemos ser.
Aquello sobrepasaba los límites de la realidad, mi cabeza quiso asimilar muchos conceptos en un periodo corto de tiempo. Al enterarse de mi descubrimiento avistaron que no me había dado por invitado y no tardaron en pedirme que me uniera a ellos. Me advirtieron de los peligros, pero sabían cómo camuflarlos entre elogios y palabras bonitas sobre la cocaína.
Yo era una persona de ideas claras, sabía que era aquello que hacían, sabía que estaba mal, pero una vez más me sentí en la misma tesitura que momentos antes ellos habrían experimentado, si quería ser lo que todos esperaban, debía de hacerlo. Allí estaba yo, sentado al lado del váter, con mi billete enroscado y mi “línea” preparada.
[…]
Me levanté mareado, la resaca se había apoderado de mi cuerpo. Lo último que recordaba era aquella escena del baño, ya borrosa y difuminada en mi mente. Me vino un olor que me produjo nauseas, intente incorporarme y cuando mis pupilas pudieron acomodarse a la cantidad incidente de luz me deslumbró el flash del recuerdo, me puse desesperado a buscar algún rastro del polvillo blanco, pero no había huella de él por ningún lado, volví a sentarme y a los segundos una lagrima resbaló por mi mejilla. No sé qué había pasado, ni qué había hecho, solo que había despertado en el mismo sitio donde la moral y la ética desaparecían, y la lujuria y los apetitos se apoderaban de un cuerpo débil e imperfecto, fácilmente manipulable y sin el poder suficiente de renunciar a la tentación.
Hiciera lo que hiciera jamás culpé a nadie más que a mí mismo, ya que el último responsable de mis acciones era yo, nunca estuve presionado, nunca me obligaron a aspirar.
Al rato salí de allí sin mediar palabra. Avergonzado por no recordar lo sucedido, pedí que jamás me contaran la verdad. Y en realidad no me hacia falta porque yo sabía quien era y quien iba a seguir siendo y ninguna raya sería capaz de cambiar eso. En ese momento entendí que la sociedad no forma la personalidad de la gente, sino que son las personas las que configuran las características de la sociedad y que si se quería cambiar aquellos valores de libertinaje y despreocupación moral, se debía empezar a dar primacía a otros aspectos más modélicos.

The Writter Man (A.Suay)