No podía dejar de pensar en la misma idea. Soñó con ser diferente, con alcanzar metas, pero por el momento no podía presumir de haber logrado ninguno de sus propósitos. Deliberó, primero, sobre qué le motivaba a seguir, lo qué le impedía avanzar y lo qué no quería permitir. Pocas cosas lo ataban a su alrededor, ya no sentía el cariño de su familia, ya no encontraba el cobijo en las amistades y ya no lograba completarse con su pareja. En definitiva, se había hundido en un foso que él mismo se creó durante largo tiempo y de que, al parecer, ya no encontraría escapatoria.
Cogió su portátil y se puso a investigar, miró blogs, chats, leyó artículos de psicología y autoayuda, todos ellos le invitaron a la reflexión, pero ésta solo le conduzco por un camino hacia la destrucción, ya que solo conseguía hacerle pensar más y más en lo fracasado, desanimado y humillado que se consideraba. Derivó su indagación a páginas poco convenientes que le mostraron una alternativa fácil a su dolor, en ellas encontró apoyo, comprensión, similitud y esto le animó. Poco se podía decir de aquellos epitafios escritos por figuras oscuras que prefirieron enterrarse ante los problemas que enfrentarse a ellos. Pero conseguían convencerle y parecía que las opciones eran múltiples, rápidas y algunas incluso indoloras.
Paró por un segundo, apartó el ordenador, y empezaron a brotarle lágrimas de sus ojos, se golpeó con los puños a la altura de la sien, gritando “para, para”, pareció como si quisiera expulsar a un ser que controlaba su mente y sus ideas, pero sin parar de llorar se repetía a si mismo “tu tienes la culpa de todo, no vas a hacer que esto cese”. Se tumbó sobre la cama y se encogió todo lo que pudo, con la sensación de hacerse lo más minúsculo para así soñar como que desaparecía, sin embargo, sabía que solo existía una manera de convertir ese deseo en realidad.
Pasaron los minutos, se puso el mp3 y comenzó a escuchar música, aún acurrucado y llorando, siguió pensando en que debía tomar una decisión. Quizás hubiera sido el momento adecuado para recibir una llamada, un chaleco salvavidas, un empujón que le hubiera levantado el ánimo, pero ese reclamo no llegó. Se preparó un baño caliente, ya que éste había sido un alivio en crisis pasadas, se sumergió en la amplía bañera y a su lado vislumbró apoyada en la repisa del jabón la cuchilla de afeitarse. No recordaba cómo había llegado allí, si quizás fue él quien la puso días antes, pero ésta solo le pudo sugerir una idea. Inició nuevamente su batalla interna, empezó a escuchar en su cabeza su canción favorita de rock n’ roll, se levantó enérgicamente tarareándola él mismo, salieron varias carcajadas de su boca que le liberaban de ese sentimiento que le corroía las entrañas. De repente, se vio en el espejo del baño, se miró a los ojos, los cuales no pudieron impedir otra vez el llanto, se quedó inmóvil ante su rostro, le entró angustia y desesperación, sin mover la vista flexionó las rodillas, tomó un trago largo de whisky, agarró la cuchilla y se abrió un corte en el brazo, comenzando así un flujo de sangre que se entremezcló con el agua y las sales de baño.
Dolió más su eterno sufrimiento que su lenta muerte, se acostó de nuevo en la bañera y fabricó su último pensamiento, mientras esperaba que la oscuridad se apoderara de su cuerpo ya casi inerte, y que con voz débil pronunció “nadie deberá juzgarme si es ésta la manera que he encontrado de vivir”.
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